La Educación Consciente en la Agenda Progresista

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El caso colombiano

Sólo cuando convertimos el “aquí” y el “ahora”, la “circunstancia” de todo ser humano en contenido imprescindible de nuestra acción educativa, estamos en condiciones de educar. Y entonces hacemos de la tarea educadora una actividad arriesgada, comprometida, incierta, pero también excelsa y sublime.

Pedro Ortega Ruiz (2024)

Por Julio César Arboleda1
direccion@redipe.org

Resumen

El propósito de esta exposición de resorte reflexivo-generativo, es proyectar ciertas luces para que las agendas, proyectos y programas políticos en desarrollo o previamente a su implementación, en especial aquellas de resorte progresista y afines, en sus líneas educativas, en particular, sean, tanto como las reacciones que a favor y/o en contra despiertan, (re)pensadas de cara a asumir con consciencia edificante sus acciones y su (re)construcción permanente. Se trata de sentipensar las agendas políticas y las críticas que buscan nutrirlas o aminorarlas, de modo que en lo posible ganen luminosidad, y promuevan una educación más consciente; en todo caso, para que la educación y la política se resignifiquen. Una de las grandes deudas de la política, y por supuesto de la educación, es que cada vez se alejan de la misión primada que les impone generar escenarios para fluir con la vida entrelazada, seamos dignos habitantes de la casa común, proximales, acogientes del otro humano y de lo otro no humano.

Palabras clave:

Progresismo, ética interónoma, proyecto político, cambio edificante, educación consciente, ótrico

Índice

  1. Algunas ideas y conceptos clave
  2. Las críticas progresistas y continuistas. Los consejos de Milei
  3. Educar en la consciencia/ Consciencia edificante
    3.1 La consciencia no es ruidosa, es sovoz
  4. De la autonomía y la heteronomía a la interonomía. De la ética de la mismidad a la ética de la vida entretejida
  5. El cambio educativo, evolutivo, ético
  6. A modo de cierre: el cambio socio-educativo

1. Algunas ideas y conceptos clave

La fuerza formal, sustantiva y operativo – edificante de una agenda de resorte progresista depende en buena medida del grado de consciencia ética que la misma conlleve en tanto discurso – acción a favor de la democracia, la humanidad, la naturaleza, las diferencias, el otro y lo otro, la vida personal, social y general. La exposición también argumenta acerca de la relevancia que tendría una educación consciente para el fortalecimiento de proyectos políticos que buscan, como al parecer sucede con el del actual gobierno colombiano, cambios edificantes, de modo que pierdan cada vez energía egótica, toxicidad, improvisación, y adquieran por el contrario mayor consciencia por la que, salvo excepciones como la del gobierno de López Obrador en México, fueran menos irascibles al fracaso que les viene singularizando.

No desarrolla esta exposición un análisis conscienzudo del progresismo ni de su implementación en américa latina, que incluya por ejemplo el peso de la geopolítica, entre muchas otras esferas. Es más bien una aportación desde la pedagogía, en particular desde el aparataje teórico conceptual de la perspectiva comprensivo edificante (PCE) y algunos de sus neologismos tales como ética interónoma, consciencia edificante, cambio evolutivo, otredad ampliada, ótrico, evolucionismo político, presencialidad – mayoría de edad socio-natural, consciencia interónoma, enseñar educando, subjetividad interónoma; igualmente, se sirve de otros enfoques conscienciales por la salud de la vida entretejida, tales como la pedagogía de la alteridad, la interculturalidad crítica y las ontologías relacionales, entre otros.

Cierta mirada al tipo de reacciones que logra generar un proyecto político de gobierno, que ha establecido residencia en el territorio del progresismo y sobre el cual descansa el del actual gobierno de Colombia, contribuiría a advertir la fuerza del mismo, la relación promesa-hecho, entre otros. Si bien se puede considerar que en el proyecto colombiano pesan más ideas que se espera apuesten al cultivo de un capitalismo y formas de gobernar, participar y existir cada vez menos tóxicas que aquellas de orden continuista, marca diferencia específica el hecho de que el mismo supone una reflexión crítica y generativa que desemboca en propuestas y modos de llegar a estas que impidan acentuar las deudas abismales del proyecto progresista con la misma existencia.

La aplicación del progresismo ha sido, en términos generales, abortiva respecto al cumplimiento de gran parte de sus promesas sociales, particularmente aquellas dirigidas a dignificar a poblaciones vulnerables y menos vulnerables. Ello pone de manifiesto las limitaciones y oscilaciones de los proyectos progresistas. Las reacciones de uno y otro lado a estos y a su ejecución no aguardan. Unas y otras exponen razones, leves o de peso, frente al modo como se concibe e implementan los planes de gobierno y se conduce la gestión pública; el lado protagonista no deja de visibilizar factores endógenos y exógenos a un país, que a su modo de ver ameritarían justificar el incumplimiento. Las razones provienen de posturas críticas de orientación conservadora o continuista, así como del lado que encarna la misma agenda.

Aquí nos interesa podar la arboleda que deja ver si tales reacciones son, por un lado, fundadas, basadas en hechos y criterios de peso; por otro, si se trata de posturas ensimismadas en las que predomina más el ego que la consciencia de vida integrada, o si derivan, como esta última, en el extravío. También se proponen algunas ideas para hacer de la crítica un acontecimiento por la vida, que nos mueva a potenciar presencialidad (actitud de vida, aparición infinita), comprensión crítico-edificante y no solo pensamiento critico. La reacción que detona la crítica puede ser erosiva, si en las razones expuestas prima el ego, la ceguera, el desconocimiento o la desinformación, o si no están basadas en principios como el respeto al otro (al prójimo, a quien es, actúa o piensa distinto), la indagación multidimensional, la fiabilidad y la generatividad; o ser edificante, si emergen de la consciencia.

Una de estas es la apertura a retomar los gestos edificantes del adversario, los beneficios socio-naturales que, aunque en mínimo grado, provengan del accionar o proyectos del otro: reivindicaciones sociales o acciones que emanan de acuerdos o de presiones internas o populares. Entre los opositores a un proyecto, cuyo asiento sea de índole social, socio-natural o centrado en los privilegios, también hay participantes con buenas intenciones, aunque confundidos al no haber podido o contemplado zafarse de las garras del poder, al sucumbir al imperio de la gran razón y del propio ego: por ejemplo por el miedo, temor u orgullo de no ser vistos en la otra orilla, institución o partido adversario.

A propósito, el baremo que mejor nos permitiría diseñar, implementar, evaluar y controlar un proyecto sensible de alcance socio-natural habría de ser de resorte ético. Es decir, que en las apuestas y valoraciones de una gestión pública (digamos, progresista) gravitaría la actitud de compromiso amplio con la vida, con la sociedad, con el otro y en general con el cordón umbilical socio-natural, y no tanto el peso de las razones que, aunque autorizadas, se encapsulan en miradas autorreferenciales.

El plan por la vida habría de ser, en todo caso, consciente, si se prefiere presencial, en su formulación y desarrollo; limitado de este pilar ocupará el sitial de las promesas no cumplidas. También las reacciones habrían de gozar de la serenidad que les permitiese ser faro de luz. Educar en la consciencia (y no adoctrinar) al pueblo que ha optado por formas dignas de vida, invisibles en las agendas políticas de otros gobiernos, es parte de lo que procede. No se educa tanto para defender un proyecto sino para crear o robustecer proyectos conscientes y/o formas iluminadas para materializar las reivindicaciones de los derechos más elementales.

Por esta vía se proyecta luces para que las apuestas por la vida se desintoxiquen de narcisismo (interés personal, autorreferencialidad, vanidad, bien personal o grupal por encima de otros y del otro), y de mismidad (susceptibilidad frente a las tecnologías del sometimiento, ideologías totalitalizantes, creencias funestas, consumismo, oligopolios, poder financiero, y medios de comunicación que la vociferan), y permita que aquellas fluyan por caminos que conduzcan a una mejor vida en la existencia.

Una precisión: aquí distinguimos “mismo” y “mismidad” aunque son caras que configuran una misma moneda: el yo. Es decir, la “mismidad” es siempre autorreferencialidad, es “sí mismo” en modo singular (mi persona susceptible a las andanadas de mi ego) y colectivo (mi persona dominada por fuerzas egocéntricas que vienen de afuera). Tal aclaración permite la existencia del neologismo “interonomía”, que emerge desde la PCE (perspectiva comprensivo edificante), según se explicita en algunos momentos: interónomo es el individuo o colectivo con potencial para depender menos de su mismo y de la mismidad, y para ser ótrico (otro neologismo para significar al ser consciente, vinculante, acogiente del otro humano y lo otro no humano, presencial, tejedor de vida integrada).

Retomando, es claro que los proyectos desinstalados de las urgencias del mundo global, por las cuales se acrecienta inexorablemente la vulnerabilidad del humano y la naturaleza, en particular si se trata de proyectos sociales, digamos aquí socio-naturales que apuestan por el cultivo de la cadena de la vida, corren por lo general el riesgo de padecer el flagelo de reacciones contestatarias, o de un pensamiento que se desnuda o considera a sí mismo el camino del progreso que nos haría mejores coexistentes.

Los proyectos políticos que caminan con la vida, sean de índole educativa o de cualesquier esfera de la vida social, han de contemplar la formación de consciencia, de chorros de luz interior por la que podamos mirarnos y sentirnos como coexistentes de la vida interconectada de humanos y no humanos. Precisan de una educación impartida tanto desde las aulas como fuera de éstas y de la institución educativa, así como de organización clara para educar en la consciencia de mundo de mundos, de plexo o pluriverso vital.

Está demás expresar que para esto último no es suficiente contar con presupuesto; lo significativo sería saber cómo y donde aprovecharlo, quizás adquirirlo, de modo edificante. Es este un tema que ha de ocupar, como veremos, la agenda política del Gobierno del Cambio en Colombia: independientemente de los frenos que, a partir de la bancada opositora y mayoritaria de un congreso que responde a los intereses del continuismo, se ponen para la destinación de recursos más sensatos a carteras como la educativa, no parece una exageración decir que la construcción y equipación guarda en su Programa mayor espacio que la cualificación en las inversiones que aquel hace.

Valdría la pena que quienes hayan ganado algún nivel de luminosidad socio-natural – léase, de consciencia de vida interconectada de humanidad y naturaleza, de humanos y no humanos — buscaran la plenitud de la misma poniendo sus fortalezas al servicio del plexo vital, ganen consciencia comprensiva, sintonicen sus comprensiones desde el “órgano” consciencial, que les permite no solo interpretar y tejer discurso, sino poner discurso en acción, desembocar en consciencia discursiva edificante, como fuerzas por y para la vida. Es deseable que apreciaran, aún con reservas, un proyecto político que aporta algunos hechos de edificancia, por cuanto insiste una y otra vez en el cuidado de la población vulnerable, de los líderes sociales y comunidades históricamente soslayadas, a la par que de la naturaleza.

Mas allá de los óbices que ponen a éste en peligro, y de la vocación escrutadora no siempre sana de la oposición (en su mayoría ciega y hasta perfecta espulgadora de los hechos que marcan el Cambio evolutivo que cada día crece), y de la extrema derecha que se ensaña al tiempo que empodera con estas reacciones de frágil postura, se impone escuchar el cambio, advertir sus progresos y no sólo sus tardanzas, apreciando de modo abierto la devolución de la confianza social y la corporización de muchos derechos elementales históricamente evadidos.

Si de verdad nos interesa participar en la construcción de grandeza socio-natural, y dejar de ser espectadores indiferentes o impasivos frente al dolor del “huérfano y la viuda” (Levinas, 1977), al extractivismo cultural y agresiones incesantes a la naturaleza; si en realidad quisiésemos, podríamos involucrarnos con otros, no sin algún grado de mayoría de edad (no más cognitiva y racional que) socio-natural, por la cual crecemos como protagonistas de vida, respetuosos y cuidadores del otro y lo otro, y también podríamos advertir, con mayoría de edad presencial-consciencial, las bondades de las metas y logros establecidos, aún los jalonados desde el timón gubernamental que obedecen al parecer a finalidades y reivindicaciones por y para la vida hilvanada; observar y sentir, en especial y en paralelo, los embates del poder financiero y económico, ahondando, durante el proceso de interiorización consciencial, en sus causas: el egoísmo y la totalidad invasiva, aquellas fuerzas ensimismadas, corrosivas de humanidad y naturaleza.

Precisamos una educación ético-política que ofrezca aprendizajes cognoscitivos y edificantes que nos comprometan de manera incondicional con el deber de escuchar y asistir al otro. Es éste un llamado levinasiano, de las ontologías, éticas, antropológías y pedagogías, y también de las fenomenologías y hermenéuticas, todas genuinamente edificantes. Es un asunto consciencial, ¡un imperativo “presencial”! y no precisamente “moral/racional”!, según se expresa más adelante.

Participar en los procesos del cambio evolutivo, de la escucha y prohijación del otro y también demás seres de la naturaleza, pasa por develar los hechos afortunados del Cambio, a la par que los óbices que lo ralentizan o impiden, pero sobre todo acompañar los sentimientos y pensamientos de acciones corazonadoras que aporten a la vida personal y socionatural. Pasa por empuñar las banderas de la humanidad y la vida, y no de la razón ensoberbecida. Aprender de las críticas es uno de los aspectos sobre los cuales se insiste en el siguiente apartado.

2. Las críticas progresistas y continuistas. Los consejos de Milei

La experiencia progresista en América Latina ha sido, más que consciencial, calculadora. Ello se revela, por ejemplo, en el proceso encaminado a acrecentar riqueza económica con base en prácticas supuestamente sensibles: normalizó actividades tales como el extractivismo y otras impuestas por el desarrollismo, mismas que voces sensibles han denunciado por poner la vida humana en riesgo de extinción2. Amén de que sigue aplazando la posibilidad de una redistribución social menos cargada hacia los grupos de poder, y de no hacer uso autointeresado de la democracia.

Se trata de un progresismo que sigue ninguneando a la democracia: a mayor erosividad capitalista menor democracia; a mayor involución progresista mayor desdibujamiento democrátivo. Los poderes políticos de tinte democrático han logrado que esta degenere en infocracia, neologismo propuesto por Han, el filosofo surcoreano, “referido a la nueva etapa de la democracia en crisis”, al imperio de la desinformación y la instrumentalización informativa; al decir de Duque D., J. (2024), en su lectura del libro “La infocracia”3, “la democracia transita hacia una nueva etapa de crisis que consiste en nuevas formas de dominación en el capitalismo de la información; la desintegración de formas de interacción tradicionales que hacían posible la comunicación libre, no coactiva ni sujeta a mecanismos de manipulación; la proliferación de las noticias falsas y la crisis de la verdad. Una mirada casi distópica de la democracia que no parece tener retorno”.

Cómo revertir o ralentizar la dinámica que impide a las agendas políticas estar a la altura de las demandas de otredad? La consciencia y /o presencialidad es una de las posibles respuestas.

El cambio prometido en los programas políticos avanza cuando nos permitirnos sobreponer a nuestras razones, las apuestas por la vida de la comunalidad extendida del otro y lo otro, biofísica, de universos, culturas, espiritualidades, naturalezas y demás coexistentes entrelazados y desencajados de su modo original de ser y estar. Cuando aquellos hacen presencia en el otro necesitado, escuchan sus voces, su dolor, y aparecen en su existencia con actitud compasiva y acogiente.

Tales apuestas precisan que los contestatarios — casi siempre inducidos, víctimas del agregamiento que ejerce a todo momento la mismidad, la voluntad de poder –, y sobre todo los críticos “autorizados” — casi siempre ego-centrados –, pudieran o se regalaran la oportunidad de sintonizar y responder a las demandas de otredad y alteridad, no sólo por obra de sus órganos y entidades racionales y no racionales, sino por el gran órgano del silencio que calma a la mente y oxigena toda la corporalidad del Ser, el que cada vez despeja los caminos y trabas que nos desconectan del ser interior: nuestra consciencia de ser coexistente humano que ha de cuidar a sus congéneres y a la propia naturaleza, para que la vida encienda sus luces, sonría cada vez más a la existencia.

Las posturas contestatarias, y también las críticas, son menos evolutivas cuando soslayan un asunto crucial: es decir, cuando en sus comprensiones gravitan la razón propia o globalizada, la justificación o la argumentación frente a sus percepciones, el uso autorrerencial o egotizado y no conscienciado de los potenciales mentales; cuando tales fortalezas no se han humedecido de consciencia «auditiva», del estado de alerta y presencialidad que nos mueve a cultivar aquí y ahora vida entretejida, a anteponer consciencia a razón y emociones, a cuidar del tejido socionatural. La actividad consciencial no solo se traduce en posibilidad de escucha en medio del ruido socio cultural que coloca en su dirección las capacidades mentales y los aprendizajes compulsivos y competenciales que mueven a los sistemas educativos, que no cuestionan su sumisión a la voluntad de dominio; logra, además, que estos procesos y entidades psíquicas devengan “escucha” de las angustias de los seres sempiternamente golpeados en su humanidad y también de las emociones que provocan el acogimiento recibido.

El pensamiento crítico es ambi o plurivalente: es, o edificante (decanta como consciencia crítica, intersubjetiva y de vida entretejida, de otredad y alteridad), o erosivo, agresivo, como lo es el de naturaleza contestataria, mismo que participa en el aupamiento de las fuerzas totalizantes, únicas, de la mismidad, que hoy se han encarnizado contra la naturaleza y la humanidad (que, para decirlo con Petro en su discurso en la ONU (09/ 2024), “es el verdadero pueblo de Dios”: no EEUU, no el norte global, “es la humanidad entera”, el pueblo del cuerpo socio-natural.

Para devenir consciencia (pensamiento, reflexiones, sentimientos e inteligencias conscientes), la multidimensionalidad del pensamiento y la inteligencia, del sentimiento y la razón, han de ejecutarse en el silencio (que nos pone en modo aquí y ahora, ser obra de vida), fluir sovozmente, con una actitud que les permita obrar vida, construir en la práctica social las mejores experiencias tejedoras del complejo de la vida.

Aquí es procedente aclarar que no son lo mismo pensamiento, razón, reflexión y sentimiento, que consciencia. La consciencia es un fenómeno que acontece en la vida personal, esclarecedor de mundo y de sí mismo, dador de la luz interior por la cual avanzamos para darle brillo a la existencia interconectada (Arboleda); es aparición, un estar, apertura, sintonía infinita con la vida en la existencia. Las funciones mencionadas pertenecen al terreno de la mente, son funciones propiamente psíquicas, algunas racionales como las modalidades de pensamiento no irracional, y otras no racionales como el sentimiento y la emoción; iluminadas por la consciencia, unas y otras ganarían esplendor, luz evolutiva; al margen de ésta serían equipajes sin vida, susceptibles inclusive a proyectos involutivos. Su interrelación, el concurso de aquellas fortalezas, la emoción serena, el pensamiento meditativo, contemplativo, consciente, edificante, definirían la senda civilizatoria, marcada por la presencialidad. Arropada por la presencia que dona la consciencia, la mente y sus funciones serán guardianes de la vida; incendiada por la llamarada ego-competencial que impone hoy el mercado, serán, por el contrario, combustible para el consumo de esta última.

La mente racional, no racional e inclusive la irracional suelen habitar la cadena de vida de las agendas políticas, y por su supuesto las reacciones ante la misma. Lo deseable es que en éstas gravite la consciencia, la consciencia racional y no racional que cooperan en la búsqueda de edificancia.

Las críticas de buen y bajo peso las hay dentro y fuera del proyecto político y/o educativo, sea progresista o continuista, a nuestro criterio pesando en una y otras la deficiencia consciencial. Un estudio puntual lo hacen (Gonzalez, J.-Figueroa, C. 2021), para quienes las críticas que vienen de la derecha continuista “están fundadas en un análisis unilateral y a menudo abstracto del contexto mundial y regional en el cual han surgido los gobiernos progresistas”, y del lado progresista, incluida la izquierda y la centro-izquierda, “subyace en su crítica una dosis de voluntarismo que ignora la correlación de fuerzas determinadas por el contexto mundial en el que las experiencias”.

Uno y otro discursos venden la ilusión de autonomía, y siguen aplazando compasión y solidaridad con los desfavorecidos.
Para develar escenarios de vida, una gestión publica (de cualquier naturaleza, ahí la seguridad, la educación, la salud, el trabajo, la disminución del uso de energía contaminante) gana o pierde significación cuando respira o deja de respirarse a sí misma; gana, en el marco de las demandas que imponen como a priori el llamado del otro, el cuidado del plexo socio-natural, cuando se analizan con mirada presencial, si se prefiere con consciencia sentipensante, mejor comprensivo edificante, tanto sus intenciones como sus hechos, el modo de tramitar el logro de sus metas y los óbices que le asaltan; pierde, cuando su núcleo es el capital, cuando prevalece la ley del capital sobre las máximas de la vida entrelazada, cuya recepción actuante es lo que le confiere a esta sentido evolutivo. La significación de todo proceso (es decir, desde su diseño hasta su operacionalización), orientado a fortalecer humanidad, se expresa en logros de vida, en cuidado del bien socio-natural, en generar mejores condiciones para los trabajadores, las identidades, los desposeídos de sus derechos: el otro, el distinto en razón a ideas, género, raza y demás.

Así, una agenda edificante tiene a la vida socio-natural como el denominador común de sus temáticas y el desarrollo de las mismas: ahí la educación, la salud, la economía, el medio ambiente, entre otras.

Frente a este asunto, es claro que los proyectos liberales, progresistas y sentientes, así como los conservadores y radicales derivan en gestiones públicas endeudadas con la vida, en muchas promesas fallidas. Aún así, cada uno permite vislumbrar algunas iniciativas o hechos por la humanidad y por la vida. Sintonizarlos en la consciencia permitiría apreciar si son suficientes, y aunque no lo fueren, dilucidar también si provienen de formalismos o estrategias de poder, o de sentimientos genuinos de alteridad.

La experiencia progresista en América Latina no ha sido presencial, ha seguido conservando los privilegios, las mismas relaciones y formas de producción, sigue vendiendo la ilusión de autonomía, de solidaridad con los desfavorecidos, de desarrollo y bienestar social si siguiéramos en la dirección de la razón del mercado, según la cual sólo el incremento de la producción generaría la riqueza necesaria para una mejor vida en la toda la existencia; cuando la realidad es diametralmente opuesta: hay cada vez mayor riqueza, mayor concentración del capital y de riqueza en los oligopolios y grupos de poder, la cual se extiende como veneno hasta el firmamento provocando cada vez mayor concentración de gases y sustancias químicas a causa del uso de energías “sucias” como las que se nutren del petróleo y el carbón, que en forma irracional se extraen de la tierra, desangrándola y haciendo del cambio climático una realidad inextinguible.

Ha seguido enterrando, invisibilizando al otro, ocultando al Ser. Porque el ser, al decir de Heidegger (2011, pag 163), “es inocultación (verdad); es esenciarse de la desocultación”. Al respecto, si el proyecto político colombiano se empleara cada vez y de mejor modo en reorientar algunas de sus estrategias, propuestas y modos de obrar por la senda proximal (del acogimiento del otro), logrando extender consciencia de vida, habría menor frustración en el desarrollo y logro de sus reivindicaciones por el Ser.

Un experimento de esta naturaleza significaría abrir una puerta para un progresismo menos laudativo con la voluntad de dominio, y más sensible con la vida integrada, o el nacimiento de un proyecto ético político inédito, creíble, inspirador; y decantaría como proyecto referencial para otras sociedades que lo habrían de enriquecer consciencial y contextualizadamente, es decir considerando sujeto, circunstancia, entorno social, cultural, ecológico y demás: un proyecto arraigado no solo en las necesidades del marginado sino en las máximas o demandas de la vida interconectada. La consciencia de vida nos permite conocer el tamaño de nuestras incompletudes y deslocalizaciones umbilicales, y riega luces a nuestra existencia para mostrarnos y ponernos en el camino de la reconexión.

A modo de paréntesis, un puente de re-unión para el crecimiento consciencial estriba en respirar la apropiación, producción y transferencia de conocimiento y saber, sobre todo, cuando tal actividad se inspira más en los réditos personales — sea el orgullo, el reconocimiento, el apego a ideas, a creencias, a la riqueza y objetos materiales, el prestigio, la vanidad e inclusive el posicionalmiento académico y laboral –, que en la consciencia edificante de saber, de ciencia, tecnología y cultura, de comunicación y transferencialidad al servicio de la evolución, de ser el otro y lo otro del cuerpo de la vida. En este punto, la transferencia de ciencia y de todo acumulado cultural ha de considerar y responder a los presupuestos comunicacionales que demanda la vida integrada: una máxima primaria es el respeto y cuidado de la interconexión vital, responder de la naturaleza, del otro y lo otro, conducir sin dejar de ojear al “mismo” y la “mismidad”, valga señalar, al egocapitalismo con sus frentes o polos opuestos de voluntad de dominio socio-natural: capitalismo multinacional y capitalismo de Estado, según los caracteriza De Sousa (2024). Prosiguiendo el hilo de la exposición, fuera del terreno totalitario nos encontramos también con figuras y movimientos que aprovechan de manera ingeniosa las banderas del cambio y se asumen, por ejemplo, progresistas; se muestran, sin serlo realmente, como vías de cambio radical, como centro democrático, como cuidadores del verde, de la vida, o abanderados legítimos de la libertad como es el caso, aunque desde otra orilla, de Javier Milei en Argentina, más sólo están mentidos en las filas de la evolución, desde las cuales avanzan impostadadamente en la existencia, prolongando de este modo — como cualquier régimen antidemocrático o negador de vida — la mala consciencia, las miserias, injusticias, exclusiones, privilegios y la degradación multidimensional de la sociedad, la democracia y la vida, el destejimiento vertiginoso del lazo socio-natural, muchas veces enarbolendo de forma subrepticia y perspicaz las banderas de la derecha neoliberal, neoconservadora y neofascista que impone su razón interesada a todo programa o proyecto político.

Oxímorones de uno y otros bordes ponen de presente las formas como hoy se cultiva destejimiento de vínculos desde la educación misma. Al respecto y aunque desde otra orilla, el presidente de ultraderecha Javier Milei, quien presume de abanderado de “la libertad individual como el valor político supremo”, formula un consejo dirigido a las juventudes, que no sólo constituye una estrategia de adoctrinamiento, sino que es sintomático de las urgencias que reclama el continuismo atado al gran capital:

«una persona que quiere salir adelante no puede darse el lujo de perder su tiempo. Dedica toda tu energía y todas las horas que te sea posible a desarrollar habilidades. ¿Qué habilidades? Habilidades que te ayudan a ganar dinero: aprender a vender, aprender a escribir persuasivamente, aprender a hablar, aprender a liderar, aprender otro idioma, aprender marketing digital, viralización, etc.».

En tal enunciación prima la mala consciencia y la tecnología del tiempo.

En primer lugar, los consejos que enriquecen la vida provienen de la sabiduría que deriva de una vida presencial, de la consciencia, del interior, de las entrañas, del fondo del cuerpo vital, y están marcados por el sentido socionatural que nutre las enseñanzas que brindan los tejedores de vida. Las orientaciones que derivan mala consciencia y que se imponen como consejos, enseñanzas y normas a seguir, proceden, por el contrario, de la apropiación o razón extractiva, destejedora de vida, aquella que obran seres insulares y culturas hegemónicas que pretenden socavar y dominar la “casa socio-natural”, la genuina edificación que nos permite Ser, ser la vida habitándose a sí misma; provienen, no del sentido que urde la evolución, sino del sentido que la historia nos concede en virtud al acumulado de saberes y experiencias del mundo humano.

El sentido de la historia se hace consciencial cuando es iluminado con luces viscerales, cuando se apropia y usa sintiéndolo, conscientemente, valga decir, cuando se hace polisemia, alteridad, sentido de vida, sendero que lleva al reencuentro consigo mismo, con el ser interior, con la vida entrelazada, para ser dignos habitantes de la edificación primada, aquella donde reina la proximidad y la otricidad o actitud responsable de la convivencia entre el yo, el otro, lo otro y la naturaleza, consecuentes con las necesidades más elementales para la coexistencialidad, para una convivencia sin competencia, sin voluntad de dominio, sin sed de sometimiento y mismidad.

Las exhortaciones de Milei provienen de la razón, la emoción y otras dotaciones que no se han humedecido de consciencia, derivando como fuerzas competenciales, y no conscienciales; ponen el sentido que nos ofrece la historia en modo involutivo, en función de apuestas y comprensiones únicas, monosémicas y no edificantes, egóticas y no proximales, no de cara al ser, no de frente a la vida. Exactamente derivan de un ser extraviado, en este caso un mandatario que representa los intereses de los grandes oligopolios que imponen formas de existencia sin vida, en razón de maximizar privilegios y ganancias a costa de la vida humana y socionatural, que descargan a la democracia de sentido primigenio, poniéndola de su lado.

Opuestas son las enunciaciones que proceden de la sabiduría que fluye con los tiempos de la vida, y que no deriva exactamente de los tiempos de la historia. Los tiempos de la historia son constructos inherentes a la existencia humana; la vida integrada o simbiosis socio-natural respira, por el contrario, al compás de los tempo-espacios que demanda la coexistencialidad, no responde a las demandas de los tiempos acelerados de la razón. Los tiempos de la consciencia son los tiempos, o más que tiempos, tempo- espacios, fortalezas presenciales, por las que el “ahora” domina las circunstancias inherentes a nuestras vidas; para ser luminosos requerimos respirar nuestra coexistencialidad, “centrarnos plenamente en la experiencia de la vida” (Ruiz, don Miguel, 2017, pag 15), siendo procedente habitar los tempo-espacios de la evolución, al compás de los ritmos, ciclos y transiciones que impone la dinámica socio-natural.
La subjetivación mileisiana presente en sus exhortaciones no es consciente. Se instala en los tiempos egóticos que imponen los modos como hemos de obrar para ser exitosos; no es tempo-espacial, no es serena, no es presencial. No responde a ninguna sabiduría sino a los afanes del sí mismo y de la mismidad. En atención a ello y dado su talante emocional ha de calar en una cantidad voluminosa de seres desorientados, en los que brilla el ego, la voluntad que encuentra en el tiempo un preciado aliado para correr en pos del beneficio personal, de la adquisición de la riqueza material.

En segundo lugar, la “sapiencia mileiana” expresada en sus sentencias no es, insistimos, consciencial, no resulta de acumular experiencias respiradas, por la vida, que fluyan en el aquí y ahora. Hace parte de la familia de sapiencias que dirigen al mundo de hoy poniendo sus informaciones, conocimientos, sentimientos, razones, comprensiones y competencias al servicio de sí, de la mismidad, del continuismo, del ego-progreso, respondiendo a las prisas del ego y la mismidad, acelerando el extravío y ocultamiento del otro, el modo de des-habitar la existencia. Acelera también su liderazgo para conducir los movimientos sociales, políticos, científicos, tecnológicos y tecno-científicos que legitiman tales “consejos” como máximas de vida, participando de esta manera en procesos que hoy tienen en riesgo a la vida humana.

No es consciencia, es razón de mercado, es decir contrasentido, deslocalización o aceleración del sentido que nos dona la historia. Tal contrasentido nutre a las sociedades a través de estas exhortaciones que derivan en reglas, en imperativos para el progreso personal y antropocentrado.

En realidad, la consciencia es edificante, y la edificancia es alterativa y no ensimismada: se edifica cuando el sentido de la construcción nos dispone a habitar el cuerpo entretejido de la vida. Sin consciencia no se genera sentido, acaso significado y polisemia. El sentido es el chorro de luz que precisa del significado, digamos de la razón, para generar formas proximales de habitar nuestra existencia. Edifican sí, los develamientos, formaciones y acciones que obedecen a las demandas umbilicales de convivencia hospitalaria, de ser ótricos, valga señalar de ser para el otro y lo otro, y no a las demandas del ego-mercado que, para reforzar la obediencia, las tiñe de necesidad visceral, intrínseca.

A continuación se retoma algunas de estas ideas desde la función de educar, de acuerdo con las reflexiones y propuestas de la PCE4. Tal función está centrada en la consciencia, pues se educa para generarla, no sin el concurso del ejemplo, ambientando escenarios para que esta decante como hábito, como forma de vida y como vida. Sin ésta no hay cambio evolutivo, no seremos cuerpo- de- vida- por- la-vida. En tal abordaje son relevantes otros conceptos y reflexiones de corte comprensivo edificante que se encuentran en lo sucesivo.

3. Educar en la consciencia

Educar en la consciencia, en la claridad no equivale precisamente a educar en el desarrollo de socio-emocionalidad, de pensamiento e inteligencia, de aprendizajes, saberes y comprensiones. De hecho la función de educar ha estado cada vez más ausente en la promoción que se viene realizando de tales potenciales, contrario al proyecto amigable al régimen de competencias, promovido tanto por el progresismo como por el continuismo, por el cual serían más funcionales a la voluntad de dinero.

Educar(se) en la consciencia — médula espinal de la educación consciente, estrategia pedagógica poco visible en los proyectos del cambio presencial — pasa por generar vivencias de sumersión en el mundo interior, el que permite fortalecer y mirar con luminaria edificante los aprendizajes, los hechos, circunstancias y realidades que pueblan la existencia integrada de humanos y no humanos. La función de educar se cumple desde el sentimiento vinculante y acogiente; educar impone a quienes ejercen esta función ser ejemplo, ser compasivo, responder sin condiciones a la “pregunta” del otro, a sus demandas de hospitalidad, de acompañamiento, de proximalidad.

Todo lo humano (la política, la economía, la educación y demás), habría de basamentarse en los vínculos. Es decir, que cuanto en realidad humaniza es la consciencia de otredad, de tejido interconectado de humanos, y de humanidad y naturaleza. Educar consiste en promover tal consciencia de proximalidad, ganar luz interior para proyectarla sobre nuestros pensamientos, sentimientos y acciones, de modo que estos deriven grandeza para estar, para existir, es decir muevan a anteponer al otro en nuestros análisis, comprensiones, formas de relacionarnos, inclusive de amar, y no seamos incubadores de odio, de exclusión, de pasividad, de resignación, de conformismo, de ultraje a la vida integrada, vinculada.

Se educa en la consciencia más que en el afán de aprendizajes y formaciones para un mundo en el que palpita la razón monosémica del mercado y se cierran las compuertas a la otredad, a la alteridad ética, cuando cultivamos consciencia edificante: aquella que deja no sólo escuchar la petición del otro, sino y sobre todo salir a su encuentro, cuando se realiza el acontecimiento ético que sella la interpelación del otro, del estudiante necesitado y la respuesta responsable del educador, de la escuela, de la familia, del estado. No sin razón, Maldonado, A. (2022), nos recuerda que “el propósito de una sociedad de mercado no es maximizar el bienestar de los individuos ni asignar de modo eficiente los recursos productivos, la meta en esta sociedad es producir las mayores ganancias posibles”.

Formar consciencia extendida es una decisión personal; nadie incrementa sus fortalezas para ponerlas al servicio de la vida de los seres humanos y no humanos, si no se revisten de luz interior, cada vez más diáfana. Para su acontecimiento se precisa de nuestra voluntad de ser conscientes, de vivir socio-naturalmente, de lograr formas diversas de consciencia; por su parte, la educación habrá de emplear y generar cada vez mejores dispositivos para intervenir en dicha (trans)formación. El pensamiento deriva consciente, presencial cuando lo serenamos, lo cual es una decisión y obra personal, y es de ese modo como se explaya la consciencia en razón de edificar. Según Oupensky, PD. (2021), no tenemos control de la consciencia pero sí podríamos incidir en nuestro pensamiento (tanto como en funciones psíquicas como la motivación, la cognición, el aprendizaje, la inteligencia, las creencias, entre otras): «podemos construir nuestro pensamiento de forma tal que produzcamos consciencia (…) podremos inducir a la consciencia si le damos la dirección que podría tener en un momento de consciencia».

Un modo de formar consciencia plena es estimulando comprensión edificante, es decir a) promoviendo la comprensión, entendida esta como potencial para entretejer funciones psíquicas tales como la cognición, la disposición, el razonamiento, la reflexión, la generatividad y la operatividad, entre otras por las cuales intentamos esclarecer enunciados, fenómenos, circunstancias y demás asuntos que abordemos (Arboleda, 2021); y sobre todo, b) cuando aflora la voluntad de poner tal equipaje a favor de la vida, edificando con las comprensiones adquiridas. Las comprensiones son limitadas cuando no obran vida, cuando no decantan como presencialidad; entonces son susceptibles a las voluntades ego-erosivas que encuentran en la razón, en las competencias y comprensiones cognitivas, conceptuales, críticas y discursivas un recurso para su afirmación.

Para edificar con las comprensiones (que, por cierto, no siempre son de exclusivo dominio racional) no sólo se requiere iluminación del intelecto, precisa de potencia luminaria que permita advertir la vida como complexo socionatural, compadecerse y responder a las demandas del otro, al cuidado de lo no humano, al cultivo de la vida integrada.

Se educa en la consciencia (comprensiva, cognitiva, racional, socioafectiva, crítica, intersubjetiva), cuando proyectamos espacios para edificar con los aprendizajes, con el pensamiento y la comprensión, sobre todo cuando aguzamos nuestros órganos de cara a la escucha, a la percepción consciencial del otro necesitado, vulnerado. Esta es una forma de vivenciar los saberes, las situaciones, fenómenos y circunstancias que habitan las realidades interiores y exteriores, y en la que los proyectos de cambio social pueden conceder a la educación el lugar que merece.

El cambio educativo evolutivo ha de transformarnos, desde ésta y toda apuesta edificante, espiritual y materialmente, para hacernos responsables de las demandas originales de otredad y alteridad. Es indispensable que desde la apuesta evolutiva que hoy tramita en la vida colombiana, tengan lugar digno (no se soslayen) las demandas entrañables de y por la educación, una educación consciente, que es el modo como se manifiesta y tiene lugar la genuina educación; se impulse la proyección de luces a la existencia, a los fenómenos y circunstancias que residen en la vida interior y exterior. Habremos de aprender a dialogar con el otro investidos de mayoría de edad, de pensamiento y consciencia corazonantes, de sentipensancia.

Se educa ahí donde la edificancia, y no la neurosis obsesiva de ganar, es decir del privilegio, constituya Ley y motor civilizatorio. Porque el lugar por excelencia de la educación es el lugar del otro. Al margen de este campo hoy ésta se haya deslocalizada del proyecto cooperativo y alterativo que le daría luz.

Se educa para barrer de nuestro interior la presencia tóxica del ego y del sistema de vida, sustancias que alimentan más al capital y los intereses particulares, que al aire y la vida en la existencia. Revestidas de este puntal la acción consecuente de las organizaciones sociales afectaría, poco a poco y con contundencia, los privilegios y la sed de ganancias particulares, sí, aquellas que, al cooptar el estado y lo público, como es evidente en el pensamiento y gestión “libertaria” –para otros neopopulista o autoritaria de derechas –de Milei, deslocalizan a estas instituciones de su función primada.

Dejar de hacerlo significaría impedir que el discurso obnubile la acción. Impone detener o divorciarse del proyecto de vida (de muerte?) centrado en nuestras divagaciones y en razones despóticas que nos llevarían a coincidir en alguna medida y finalmente con las voces de la mismidad, del ensimismamiento, de las fuerzas interiores (el ego) y exteriores que marcan nuestras vidas. Precisa desarrollar discurso sentido, edificante, que obre vida, amerita posicionar proyectos poderosamente vitales.

Creer que nuestras comprensiones edifican por el mero hecho de ofrecer argumentos de peso para nuestras reacciones y generaciones enunciativas de frente a las apuestas que persiguen el cambio proximal, no es una creencia que nos mueva a la otredad y la alteridad. Sí lo son aquellas urdidas con propuestas que crean acaso nuevos o mejores caminos, pausas de silencio u otras formas de proceder gobernadas por el otro, por el prójimo en su singularidad, a las cuales nos arrojamos para hacer más amable la vida en la existencia interdependiente.

Un camino por el cual podremos ser críticos y comprensivos generosos, reside en pensar cómo, cuándo y para qué avanzar en el cambio educativo al cual se resisten las fuerzas compulsivas que han venido dominando la educación . Por esta senda podremos — en lugar de adoctrinar visibilizando un solo lado del sendero educativo, o haciendo énfasis en las posturas del docente a favor y/o en contra del proyecto -, ganar consciencia pedagógica para incidir en la conscienciación singular, en la ganancia de luz interior por parte del sujeto educable, y de ese modo enseñar educando (otro concepto CE), desarrollar comprensión, crítica y generatividad conscientes, edificantes a medida que circulan los aprendizajes. Por esta vía nos saldríamos de la crítica racional y emotiva, que muchas veces se tiñe de pensamiento vertical, único, procediendo en pos de ganar consciencia edificante.

A este modo de sembrar resplandor interior hemos denominado desde la perspectiva comprensivo edificante de la educación, la pedagogía, el discurso y la didáctica (PCE), consciencia interónoma: ganar grandeza socio-natural al depender cada vez menos del ego y la mismidad o fuerzas exteriores que agreden la comunalidad humana y socio-natural, y de responder, al unísono, a las demandas de otredad y alteridad, al imperativo del silencio consciencial que cultiva mente edificante, por y para la vida. Se trata de una fuerza tejedora de los vínculos de la vida, que por cierto constituye una deuda insondable por parte de las instituciones, y requiere de mayor explicitud en el proyecto ético político del actual gobierno colombiano.

3.1 La consciencia no es ruidosa, es silencio, es sovoz

Gritarse a sí mismo, vituperar contra sí o contra el otro, es un acto de no consciencia; en lugar de liberarnos, tal reacción propaga el fuego que consume nuestras posibilidades de ser, nos somete al ego, al sí mismo y la mismidad, encarcela al yo, lo inhibe para la otredad, para la edificancia. El docente vive encarcelado cuando no educa, cuando no habita silencio, cuando no es ejemplo para educar.

La contemplación, la autoobservacion y la meditación son fenómenos emancipatorios, que, conectados con las funciones cognitivas y socioafectivas, nos hacen fuertes frente a las acometidas del ego y la mismidad. La gran responsabilidad de la educación es hacernos potentes escuchas, aportarnos los medios que nos permitan escuchar sintiendo la voces que claman por la vida, ganar actitudes, valores y otros potenciales para ejercer sin condiciones el cuidado de humanidad y naturaleza; promover presencia, escenarios para que ésta refulja y devenga en el cara a cara, en la experiencia física y vinculante con la montaña, sus piedras y demás habitantes, con el otro, el prójimo y cuánto hace nuestra circunstancia.

La educación ha de brindar formaciones que nos cualifiquen para resolver retos y óbices que impone la dinámica socionatural, y para evitar cualquier forma de agredir a este complejo, a la vida humana y natural. En efecto, para su descontaminación auditiva, el pensamiento y las funciones socioafectivas que lo provocan han de someterse a las demandas aprori que les permitirían ser silencio, ser la vida vibrando en la existencia.

Todo lo que se nutra del silencio, de la presencia, deriva consciencial. Para devenir conscienciales y fluir con la evolución la razón, el pensamiento, la imaginación, la inteligencia, los aprendizajes, los saberes, conocimientos y las comprensiones, los sentimientos y las emociones se han de humedecer de silencio. De mente consciente.

El silencio es el oxígeno de la consciencia. Sin éste no respiramos la vida, y por el contrario existimos siendo ruido, siendo pensamiento y sentimiento estridente. El silencio permite escuchar la respiración de la vida. Conforma el sistema nutricional del Ser, constituyendo un medio indispensable para ralentizar o detener la crisis moral de las sociedades, aquellas que atentan contra la otredad socio-natural. El silencio es paridor de vida, es la voz que brota de la hondura vital respondiendo a las máximas originales, aquellas que velan por la humanidad, que buscan resguardar la vida socionatural. Sin silencio no hay fortaleza interior, sin la cual no se asume la ética de la vida integrada.

4. De la autonomía y la heteronomía a la interonomía. De la ética de la mismidad a la ética de la vida entretejida

En este punto se apuesta por una ética más otra, si se prefiere ótrica, ampliada, que nos permita ser ciudadanos, más conscientes, del cuerpo de la vida. Quizás una ética de este resorte inspire asunciones más presenciales de los proyectos políticos genuinamente evolutivos.

El imperativo de ser para el otro y lo otro del complejo vital precisa desarrollar acciones éticas, tanto intersubjetivas por la vida humana, como coexistenciales por y para la vida integrada, socio-natural (por y para los coexistentes humanos y no humanos). La PCE contempla que el fortalecimiento de consciencia de vida mutua nos permite Ser, obrar como seres por y para la vida; propone la comprensión edificante como una fortificación a impulsar, relevante para la formación de consciencia plena, es decir de ser para el otro y lo otro.

En un orbe relacional la proximidad — expresión de Levinas referida a la tendencia preoriginaria hacia el Otro (no sólo orgánico sino también inorgánico, diríamos nosotros) — es un (el) imperativo, el deber de ser buen prójimo, digno próximo con el otro y lo otro. La proximidad con el Otro no sólo otorga direccionalidad y sentido humanizador a la relación interhumana; yendo más allá, manifestaremos que tal creencia o sentimiento (hacia el otro y lo otro), previo a la ley moral, proyecta luces radiantes a las relaciones socio-naturales entre humanos y de éstos con los no humanos que conforman el plexo vital.

La carencia proximal (no-presencialidad, no-edificancia) de nuestra parte, abre fisuras, aísla, desteje el plexo de la vida; y éste solo se reteje y fortalece con el acogimiento y cuidado a) entre los humanos, es decir en la respuesta al otro vulnerable, al “rostro” –- expresión levinasiana — urgido de recibo, en el encuentro “cara a cara” con la alteridad, y b) de estos con el ecosistema de seres orgánicos e inorgánicos, que también reclaman hospitalidad para fluir con la vida. Al margen de la ética de la vida la proximalidad seguirá siendo el discurso sordo que copa las agendas escolares, gubernamentales, estatales y políticas.

Tal ética, basada en los apriori / mínimos de, por y para el tejido de la vida, supone, a diferencia de las éticas autónomas, en particular –por las que la obligación moral proviene del mismo hombre y no de algo exterior a éste –, una ley moral en la que el bien o fin último nos viene impuesto por nuestra propia condición socio-natural, es decir, parte de una ley, socio-natural, que se impone al ser humano, que ha de fundar la subjetividad de cada ser singular, que es ley de la vida entrelazada, la ley que nos ordena acoger al lotro y lo otro de la coexistencialidad.

Ésta se expresaría, parangoneando a Kant , a través de la fórmula de universalización –pluriversación, diríamos nosotros– que rezaría: obra sólo según una máxima que atiendes porque es a priori o ley pluriversal de la vida integrada de humanos y no humanos”. Tal ética precisaría entonces ir más allá de la autonomía (obedecer al sí mismo) y de la heteronomía (obedecer al otro), lo cual no significa su negación, por el contrario supone reconocer sus bondades, límites e imposibilidades. En materia ética aquí se apuesta por una ética de la vida entrelazada, que precise de potenciales interónomos, según se expresa enseguida.

Reivindicamos aquí una ética que nos haga responsables a todos, ahí los líderes y protagonistas de la política, la economía, la educación y demás esferas sociales, no sólo de la coexistencialidad humana, sino del cuerpo vital en su conjunto, tanto de humanidad como de naturaleza, mejor, del entretejido socio-natural. Se reclama una ética relacional, proximal, en la que las acciones no estén basadas únicamente en la razón, sino y sobre todo en la consciencia, en el deseo entrañable (de ser el otro), en el sentimiento de alteridad, de acogimiento, de proximidad que nos mueve a habitar y Ser- el -otro, a construir subjetividades gobernadas, no por el sí mismo como por el otro, que nos obliga a servir al prójimo, a afirmar en nuestra convivencia el tejido o relacionalidad humana, a realizar acciones (co-razón-adoras, si se quiere) consonantes con el mandato de otredad que nos impone ser para el otro humano.

La ética de la vida entrelazada respondería, entre otros aspectos, a un hecho irrefutable: el antropocentrismo, como dominio e instrumentalización ejercidos por el hombre sobre la naturaleza, como un fenómeno que pesa en las relaciones interhumanas basadas en los privilegios de quienes detentan el poder e imponen sus intereses particulares, y en el marco de las cuales la naturaleza (la vida) constituye un bien de consumo y producción rentable, que trae réditos económicos, geopolíticos y culturales, entre otros. Y en este punto, en el que se impone la razón (la moral del ego-mercado) sobre la compasión por el otro y lo otro, el hombre no ha sido un digno simbionte para el discurrir de la vida.

Se apuesta aquí, por consiguiente, por una ética evolutiva que nos demanda una responsabilidad mayor: la vida socio-natural, que se corporiza a través de formas de vida edificantes de sí y de otredad y alteridad ampliadas, socio-naturales, las cuales afloran a medida que desarrollamos no sólo la razón y las disposiciones para co-construir y acoger máximas para el bien humano; ante todo, consciencia plena, de vida integrada, consciencia interónoma como fortaleza que nos permite viajar al fondo de sí para restablecer conexión con el otro y lo otro de la vida entrelazada, ser el otro y lo otro, ser comunalidad extendida, plena.

En el marco de esta consciencia (interónoma) se abren luces edificantes para la razón, la afectividad, los sentidos, el conocimiento, las emociones, la imaginación; fluye la consciencia racional, cognitiva, sensorial y afectiva, entre otras, imponiéndose la presencia compasiva que nos impulsa a acoger al necesitado, a respetar al otro, a cuidar del otro, y a la par de lo otro no humano. Se trata de la ética de la interonomía –propuesta comprensivo edificante (CE), que no podría estar fundada más en la razón que el sentimiento visceral de otredad, de dependencia y obediencia al otro relacional y no de manera exacta al otro singular que pretenda imponer sus propios criterios y beneficios, sean de orden ideológico, cultural, económico, político o de otra naturaleza.

Porque el interónomo es un ser con rostro humano, que para cultivar vida común ha de regir sus acciones por máximas primigenias que impone la simbiosis socio-natural, es decir, aquellas que definen la evolución humana; por aprioris, incondicionales, para vivir cuidando de la vida, del otro y lo otro que conforman al complejo vital, y para ello ha de fortalecer una subjetividad edificante, relacional, un cordón subjetivo que lo empodere frente a las acciones y amenazas de agregamiento por parte de fuerzas ensimismadas internas (el ego) y externas (el poder o voluntad de dominio), y al unísono, desate en su yo la alteridad o disposición a servir a los coexistentes del orbe socio-natural. A contrapelo de la ética kantiana, fundada en la razón propia — una ética “humanística”, digamos, dirigida al cuidado de lo humano, “que da prioridad a la condición humana sobre la ley moral (Tenreiro R., V., 2017; citado por Andaluz, A.M.) –, la ética de la vida entrelazada se basa, insistimos, no en la autonomía de la razón de la que se nutren apuestas continuistas como la de Milei, sino en la consciencia de heteronomía humana y socio-natural, de saber – ser – parte del plexo socio-natural biofísico, multinatural, multicultural, macrocósmico, pluriversal, que nos mueve a cuidar no sólo del prójimo, del otro humano, sino del complejo que conformamos, cuyo cultivo nos impone ser dignos coexistentes, seres proximales, Ser para el otro humano y lo otro no humano. Abogamos aquí por una ética que retome de la ética kantiana y levinasiana el cultivo de humanidad, ampliándolas a nuestra responsabilidad con lo otro del complejo entretejido; de la ética levinasiana retomará, además, al otro a priori de la subjetividad singular; una ética del otro, sí, pero donde la acción moral no deviene razón práctica, sino consciencia edificante, en clave pluriversa, de heteronomía o máxima moral extendida.

Desde la perspectiva comprensivo edificante la interonomía sería uno de los potenciales que habremos de cultivar para ser coexistentes proximales, cuidadores del plexo socio-natural o pluriversal. En virtud a esta fortaleza el ser humano singular desarrolla, a) capacidades racionales, sentimientos y actitudes para cuidarse de los proyectos civilizatorios que le hacen más dependiente y vulnerable a fuerzas internas como el ego y a fuerzas externas que fluyen a través de tecnologías de agregamiento, de totalización, de sumisión a la mismidad; b) una consciencia de alteridad tal, que le mueva a regirse por el mandato socionatural que exige cultivar la vida interconectada, pluriversa. La CE teje consciencia y se hace presencia diáfana e inmarcesible, consciencia de ser, de vida, obrando vida.
El bien de la vida, en esta ética, nos viene dado por nuestra condición socio-natural, por el macrocuerpo de la simbiosis humanidad y naturaleza, por el hecho de ser partículas singulares de la Naturaleza, mejor, del cuerpo o del complexo biofísico de culturas y naturalezas.

Una diferencia respecto a las éticas heterónomas y también autónomas, es que unas y otras ponen su acento en el cuidado humano — las autónomas más en el cultivo del “mismo” (¿de las libertades para el sí mismo?), y las heterónomas del “otro” –, divorciando o soslayando la separación de naturaleza y humanidad, el vínculo que nos liga y obliga tanto con el otro como con lo otro no humano. La proximidad no sería sólo para con el prójimo humano, también, insistimos, para con el “próximo” no humano, uno y otro serían fuente de obligación moral, deber de realización moral en la vida; realización que precisa también de otros aspectos no racionales como la motivación, las creencias, la disposición.

Esta ética de la vida entrelazada gravita en torno al cuidado de la vida interdependiente, pluriversa, multinatural, macrocósmica, socio-natural. Y precisaría el cultivo de consciencia interónoma, es decir ganar defensas para ser menos vulnerables a la mismidad y más dependientes de la otredad extendida; de luz plena, de corporalidad, de coexistencialidad, de una consciencia edificante por la que
podamos obrar vida con nuestra razón, sentimientos, emociones y afectos, con nuestros equipajes físicos, racionales y no racionales, permitiendo manifestarse al ser umbilical que somos: el otro y lo otro de la vida socio-natural.

No es, según se ha advertido, una ética de carácter universal y racional, como la kantiana. Lo es de carácter consciencial y pluriversal. En primer lugar, diremos que esta ética de la vida integrada, que nos enrumba al decantamiento del Ser en nuestras vidas, es de ribete socio-natural y pluriversal. Somos partes de un complejo socio-natural, que es heterogéneo, conformado por una diversidad de seres vivos y no vivos, de universos y naturalezas, de espiritualidades y culturas con ontologías, valores y apuestas diversas sobre vida, universo, ciencia, saber, ser, vivir y existir; de un complexo que nos reclama atención, empatía y compasión, servicio coexistencial, ser proximales, vinculantes, acoger al otro, cuidar de lo otro, es decir cultivar vida. Es éste el mandato moral socio-natural. Que nos compele a los humanos a ser éticos, vivir con responsabilidad, siendo luminosos, ganando fortalezas presenciales, mentales y físicas para cuidar del plexo vital. Se trata sí, de una ética, más que universal (pues, por lo expuesto, no existe un solo universo), pluriversa, que nos impone incondicionalidad y grandeza para abrazar a los coexistentes (no solo humanos), para aceptar, reconocer y recibir al otro, a otras culturas, espiritualidades, cosmovisiones, cosmologías; ser respetuosos de quien sienta, piense, obre, crea y actúe de modo distinto, singular, retomando en lo posible su mejor legado.

En sincronía con lo expresado, la vida es el bien supremo, un fin en sí misma: nacemos (e inclusive, según muchas culturas, morimos ) para vivir, para evolucionar con la vida experimentando sus dinámicas, transiciones, ritmos y otredades. No naceríamos más para morir que para vivir, es decir nacimos para refulgir, ser presenciales que afirman en sus actos la vida plural, el cuidado del otro y de lo otro, el cultivo de sí, de otredad y alteridad, de la vida personal, social y biofísica, socio-natural. Los seres no vivos del reino mineral ganan “vida socio-natural”, cooperan en la cadena de la vida nutriendo la existencia de seres vivos como el hombre, la
fauna y la flora, reafirmando la interrelacionalidad del cuerpo de la vida socio-natural.

Por otro lado, el basamento de la subjetividad interónoma no podría ser la autonomía, el regimiento de la razón propia, sino –siguiendo a Levinas– la heteronomía, si se prefiere la consciencia de proximalidad; es la consciencia del apriori de saberse otro, de ser hilo del tejido socio-natural, de ser para el otro y lo otro. Nuestra subjetividad (singularidad) es edificante en tanto cultivemos consciencia de ser, por la que nos hagamos menos vulnerables a fuerzas ensimismadas de nuestro interior y exterior, y al tiempo, consciencia de heteronomía, de dependencia y sumisión al otro con rostro humano, como ser singular e infinito, según Levinas (1979), siempre abierto, inacabado, inconmensurable, absolutamente otro, cuyo cuidado es cuanto confiere sentido al yo, responsabilidad sobre la cual se edifican las subjetividades.


Valga insistir en que, además del otro, también “lo otro” marca, desde nuestra perspectiva, la subjetividad, pues la simbiosis socio-natural constituye una interrelación de entidades (yo, el otro y lo otro; seres humanos y no humanos). La subjetividad interónoma, edificante se fortalece al tenor del cuidado de sí, es decir por el cultivo de nuestras dimensiones psicológicas y no psicológicas, por la expansión de nuestras riquezas conscienciales cognitivas y afectivas, racionales y no racionales; por nuestra consciencia de otredad y alteridad ampliada a los seres no humanos, a quienes también nos debemos dado que de igual manera conforman la vida integrada. Se trata de una subjetividad que, fortalecida como potencia interónoma, decanta edificancia, cultivo de vida entrelazada, de seres vivos y no vivos, de humanos y no humanos.

Así las cosas, la educación ética, educación consciente, encontrará en esta apuesta moral un puntal para acometer su reorientación por la senda de educar para la vida entretejida, por la cual se fortalezcan las estructuras de acogencia que impone este tejido como condición para ser evolutivos. Frente a una educación como la actual, centrada en el “mismo y la mismidad”, que no educa en la consciencia plena sino quese anquilosa en los procesos de enseñar y aprender, de generar, aplicar y usar el saber para proceder en la vida de acuerdo a la moral del mercado (y no de la vida comunal), precisamos de perspectivas educativas y pedagógicas edificantes, proximales inspiradas en la ética de la vida socio-natural. Apuestas que aporten al cambio socio-educativo, a la reconexión de la educación con la función primada de educar en la formación de presencialidad, es decir de consciencia de ser, de comunalidad.

5. El cambio educativo, evolutivo, ético político

En Colombia parece irrefrenable el cambio, historicamente objetado y aplazado: el cambio edificante. Esta última constituye una expresión que se puede usar, según el contexto de enunciación, como sustantivo o adjetivo, siendo propia de proyectos y agendas emancipadas y emancipantes que aprovechan bondades del progresismo y del sentido — en particular de carácter político — que nos dona la historia, para que estemos en mejores ámbitos de paz con la humanidad y la naturaleza, paz consigo mismo, con el otro y los coexistentes naturales. Un cambio edificante está basado en la paz y nunca jamás en la ausencia de ésta, no en la violencia o agresión a la vida; precisa sí de una revolución serena, de estallidos sociales conscienciales, por la vida y desde la vida. Para decirlo con De Sousa (op cit) “la lucha por la paz es ahora más que nunca una lucha contra el capitalismo”, contra toda forma de poder destructiva que ponga “límites a la democracia” y en general — precisamos aquí– a la agresión a la vida socio-natural, incluida la deseducación o desorientación educativa y pedagógica que reina en el mundo de hoy. El Cambio edificante es el proceso orientado a eliminar poco a poco el triste hábito – propio de individuos, grupos y familias anquilosadas en los miedos de no ser o dejar de ser privilegiados, o sea de creer que sólo se vive bien tras la acumulación de dinero y/o prestigio a expensas del otro– de alterar la democracia, de ponerla al servicio de finalidades más particulares que colectivas y comunes, de apropiarse de las agendas públicas, que permita pasar de la cultura de sometimiento y degradación a una de auténtico respeto y cuidado del ser humano y la naturaleza.

La educación consciente no ha tenido el lugar que merece en la agenda progresista. Se espera en consecuencia que la agenda del cambio impulsada por el gobierno colombiano logre ganar mejores espacios para la educación ética y el estrecho de vínculos.
En todo caso, dicho proceso será edificante si nace de (y/o amplía) la consciencia. Ha de ser cada vez más presencial para que la “revolución” requerida para las transformaciones socio-naturales sea realmente edificante, institucional, pacífica y democrática. Una agenda de esta naturaleza es luz inextinguible cuando se respira no solo su re-diseño sino los demás que contemple y aflore. La respiración concsiencial es la inspiración y acción calmada propia de individuos, grupos y demás colectividades que protagonizan una mejor habitancia en la existencia.

Respirar los deseos, anhelos, proyectos, programas y realidades propias y de otros, precisa ponerlos en modo aparición, con actitud compasiva, contemplativa, auto-observativa, reflexiva y actuante, edificante. Respiran la existencia quienes viven, sufren desde sus entrañas el socavamiento de la simbiosis socio-natural, la erosión de la vida humana y no humana, la desconexión del Estado y sus instituciones respecto a la gente y la naturaleza, el imperio del ego y la mismidad en la vida personal, social y planetaria.

En el marco educativo el cambio ha de ser genuinamente revolucionario. La “revolución educativa” previa a este gobierno no configuró la manifestación del Ser ni de los potenciales conscienciales, afectivos e intelectuales, ni de la misma educación. Los proyectos que la impulsaron no aportaron hechos concretos suficientes para su dignificación y la dignificación de sus actores y de la vida. Ante el fracaso de la “Revolución educativa” adelantada al vaivén del continuismo político y del stato quo, la actual, la del “cambio edificante”, habría de recorrer, por el contrario, los caminos necesarios para que la acción educativa gane la fuerza presencial que le resignifique como bien supremo, socio-natural.

Inscrita en el cambio edificante estimado en una agenda otra, más democrática y alteritiva, la educación colombiana habría de participar con los agentes de las instituciones educativas y de la mano de otros movimientos sociales, en los procesos que la misma contempla.

En este punto, Colombia, en particular, ha mostrado en lo reciente que sin los estudiantes no es posible adelantar cambios profundos como los concebidos en el proyecto político que, aunque con muchas dificultades, tanto propias como externas, pretende sacar adelante el actual gobierno. Una educación consciente encuentra en la movilización, por ejemplo, un modo de resignificarse a sí misma, un modo de consciencia actuante, revolucionaria, para contribuir de modo presencial, ¡y sin violencia!, a la evolución propia y socio-natural, es decir a adquirir mayores equipajes presenciales, cognoscitivos, afectivos y operativos, poniéndolos en función de la vida entretejida y no al servicio de las fuerzas de la mismidad, aquellas que viven en y del continuismo, del incremento de las desigualdades, las pobrezas, las exclusiones, los privilegios, así como de la instrumentalización de los complejos educativo, social, político, ecológico y demás esferas de la vida integrada.

Este tipo de educación se reclama ante las deseducaciones que se ofrece en las instituciones educativa y mediática, y que en gran medida inspira las inclinaciones políticas y formas de vida de los individuos, por ejemplo en sus opciones políticas, en las maneras de participar en las decisiones gubernamentales y advertir el mundo político. La opción por las vías desorientadas y antidemocráticas, es decir no conscientes, tendrían que ver con la fuerza de una educación adoctrinante, o de una educación consciente incipiente, frágil, limitada o cancelada.

El adoctrinamiento ideológico en el seno de las izquierdas y las derechas pareciera, en este sentido, tener un peso mayor al que uno pudiera estimar. En el caso de las primeras opciones políticas tal adoctrinamiento jugaría también un papel relevante en sus contradicciones, por caso el hecho en que las izquierdas terminan abrazadas a muchas de las estrategias y motivaciones de las élites de poder que forjaran su espíritu de cambio; fungiendo como organizaciones con posiciones duales, al decir de Godin (2024) «de izquierdas en economía y de derechas en sociedad».

Ante este panorama, educar (en la consciencia) se hace imperativo cuando de modo permanente se esfuman las esperanzas de construir órdenes y sistemas alternativos que sean menos corrosivos y realmente edificantes. Cuando la consciencia crece y se hace más proximal en los individuos, organizaciones, corporaciones y colectividades de diversa naturaleza, cobra el vigor necesario para disminuir tales frustraciones; es posible que desde el silencio vibrante empiece el cambio edificante por el cual los sistemas – mundo hegemónicos de la concentración de poder y riqueza se llenen cada vez de grietas que se extiendan y vuelen hacia su colapso.

Ante una educación adoctrinante que pareciera gozar del don, mejor, del poder de la ubicuidad, de llegarnos por doquier, la formación de consciencia no debería esperar; habría de estar entre las prioridades de las agendas políticas “consecuentes” con la vida evolutiva; ralentizar cada vez este proceso constituye un acto que pone de presente la crisis de consciencia política, de la política y de lo político, por decir lo menos.

Una sociedad global consumista e insolidaria como la que hemos construido, que instrumentaliza la vida integrada, pone de manifiesto el fracaso del imperativo moral del individuo que hoy rige al mundo mientras defiende un laisse-faire disolvente de los vínculos inherentes a la vida socio-natural, así como una realidad enunciada por Mate (citado por Ortega, 2024:13/10), según la cual “la autonomía ilustrada tiene que ver con el yo y no con el tú”. Así las cosas, frente al fenómeno típico de lo que hoy somos o estamos siendo y dejando (de) ser, el cual podríamos calificar como de insociable socio-naturalidad, o incapacidad de cultivo de vínculos
entre los humanos y de éstos con la naturaleza, podemos considerar la sentencia de Mate, (2018, p. 143), de acuerdo con el cual “el sentimiento consciente de responsabilidad hacia adelante y hacia atrás es el compasivo, el del otro”.

El plexo o “sólido” socio-natural (al decir de Bauman (2003, pp. 11-12) se disuelve día a día a causa de unas relaciones de consumo generadoras de nuestra desconexión de las raíces que echan a andar a la sociedad con la evolución. Desconexión que corre parejas con el incremento del individualismo y el ensimismamiento, y se traduce en apatía e impotencia frente a las agresiones de todo tipo que sufren el otro, lo otro y la vida: vulnerabilidades, modalidades diversas de desigualdad, exclusión y extractivismo, entre muchas otras vejaciones a los vínculos que protegen la vida. Ello reafirma la crisis de nuestras instituciones, incapaces de generar escenarios para aportar consciente, presencial y éticamente al reequilibrio, y de participar con actitud presencial en el proyecto de construir y/o de potenciar una agenda ético-política para la vida entrelazada.

6. A modo de cierre: el cambio socio-educativo

¿Será posible que el proyecto en referencia se distancie del progresismo regresivo que ha venido rigiendo en muchas sociedades, dando un giro desde el cual se inaugure una tendencia más otra — menos sensible al continuismo que reviste al conservadurismo y movimientos afines que glorifican el dinero y los valores que reproducen la mismidad –, que se explaye hacia la evolución de la vida?.
Así como la historia ha permitido establecer diferencia y afinidad entre conservadurismo y progresismo, una expresión como “evolucionismo político o socio-natural” esperaría fluir conceptual y operativamente de la mano de movimientos con una fuerza consciencial tal que no le permitan derivar en continuismo o desangre de la vida humana y la naturaleza, sin las derivas, límites y mutaciones que han debilitado a los proyectos progresistas. El potencial ganado por el movimiento pedagógico como actor importante en la construcción del proyecto del cambio político-social es fundamental en el proceso ético político orientado a consolidar una educación y una sociedad más conscientes, es decir más corazonadoras, proximales. Quizás hoy la educación no precise para la gestión educativa de un “modelo progresista” (Bentancur, N. 2022), sino de uno más evolutivo, como al que apostaría el gobierno colombiano .

Se espera que la consciencia y voluntad de vida del proyecto del Cambio no quede rezagada frente a la voluntad de dinero y dominio sobre la que se levanta la estructura férrea de la mismidad o poder totalizante que aquel desafía.

  1. Julio César Arboleda, Director Red Iberoamericana de Pedagogía, direccion@redipe.org
    https://orcid.org/0000-0002-1572-5384 Grupos de Investigación: 1) “Pedagogía, formación y consciencia” (PFC), Universidad Autónoma de Madrid; 2) Redipe: Epistemología, pedagogía y filosofía; 3) Educación y desarrollo humano, USB. ↩︎
  2. Al no modificar la base extractivista se reprodujeron los mismos males del extractivismo clásico: escasos o nulos encadenamientos de la planta productiva, déficits en cuenta corriente que obligan al endeudamiento externo, daños irreversibles en el medio ambiente; concentración de la riqueza en pocas manos; así como la creación de una mentalidad rentista que fomenta el consumismo (Acosta, 2011, pp 101-103.) ↩︎
  3. Han, Byung-Chul. (2022). Infocracia. La digitalización y la crisis de la democracia. Penguin Random House. ↩︎
  4. La perspectiva pedagógica, didáctica y discursiva de la comprensión edificante (PCE). Está soportada en presupuestos éticos, pedagógicos, antropológicos y ontológicos relacionales edificantes, es decir, que afirman la cadena de la vida humana y natural, de la simbiosis socio-natural, es decir que nos imponen ser para el otro humano y lo otro no humano a los que nos debemos; que condicionan nuestro ser – y – obrar como humanos, mejor como dignos seres socio-naturales, protagonistas del entramado vital. Un referente ético y pedagógico notorio aquí, según veremos, es el que propone la pedagogía de la alteridad, que de la mano de Ortega (2024) absorbe la apuesta ética, proximal, de Levinas. ↩︎

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

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