Derechos humanos y la posverdad

Ilustración: Rafael Álvarez

¿Podrían desaparecer los derechos que combaten la discriminación racial o de género si actitudes sexistas y racistas llegaran a predominar?

La pregunta no es ociosa, sobre todo cuando las creencias sobre lo inaceptable de la tortura o los derechos de los refugiados han sufrido recientemente un contragolpe. Puede haber retroceso tanto como progreso, sin garantías sobre hacia qué lado se avanzará. Las expectativas sociales y los supuestos culturales no son mejor base para los derechos humanos que la ley. Hay una contradicción fatal al momento de defender los derechos humanos del creciente autoritarismo en la era de la posverdad, y al mismo tiempo abandonar la creencia de que nuestro compromiso con esos derechos está basado en la verdad.

Mi opinión personal es que los derechos humanos tienen su raíz en los intereses universales de los seres humanos, de los cuales todos y cada uno goza un estatus moral equivalente resultado de su humanidad compartida. En otras palabras, al defender los derechos humanos debemos recurrir al valor inherente de ser un miembro de la comunidad humana y de los intereses que compartimos: la amistad, el conocimiento, la hazaña, el juego y demás. Y nos tenemos que preguntar si todas estas consideraciones generan obligaciones que le debemos al otro.

Esta propuesta difícilmente es controversial. Recurrir al valor inherente de la humanidad puede ser cuestionado por algunos como prejuicio bruto —una suerte de «especismo» similar al racismo—. Asimismo, puede ser rebatida por quienes piensen que los derechos humanos ultimadamente tratan de respetar las libertades individuales sin importar si ello promueve el bienestar del derechohabiente.

John Tasioulas
Dirige el centro Yeoh Tiong Lay de Política, Filosofía y Leyes en King’s College London. Autor de Human Rights: From Morality to Law (Oxford University Press, 2018).