Naturaleza, territorio y justicia ecológica: más allá del amor por el campo

Más allá de la carpa y la fogata

Durante décadas, el escultismo tradicional ha vinculado su imaginario formativo con la naturaleza. Las acampadas, el conocimiento del entorno, la exploración del bosque o la montaña, el respeto por los animales y las plantas: todo esto ha conformado una identidad escultista que se enorgullece de su conexión con la «naturaleza». Sin embargo, en el Escultismo Crítico Popular reconocemos que esta relación, aunque valiosa, ha sido muchas veces acrítica, idealizada o incluso funcional a lógicas extractivistas y neoliberales que ocultan las violencias del sistema capitalista global.

Amar la naturaleza no es suficiente si no la comprendemos también como territorio: como espacio histórico, social y político donde se libran luchas por la vida, por la dignidad y por la justicia.

Naturaleza desde la perspectiva del escultismo

Romantización de la naturaleza en el escultismo tradicional

El escultismo tradicional ha promovido una visión bucólica de la naturaleza. Se trata de una naturaleza «neutral», armoniosa, disponible para la contemplación o la aventura. En campamentos, manuales o rituales, se idealiza la montaña, el bosque, el lago, sin reconocer que estos espacios han sido históricamente habitados, explotados o defendidos por pueblos que han luchado por su supervivencia y su autodeterminación.

En este sentido, muchas veces el escultismo ha ocupado la naturaleza como un escenario de consumo formativo: un espacio a ser usado para acampar, para explorar, para sentirse libre. Pero esta libertad ha sido frecuentemente despolitizada, desvinculada de las relaciones de poder que configuran los territorios.

Territorio: más que paisaje, más que espacio

En el Escultismo Crítico Popular entendemos que hablar de naturaleza sin hablar de territorio es reducir la complejidad del vínculo humano con el entorno. El territorio no es solo un espacio físico: es un lugar habitado, vivido, resignificado por comunidades concretas. Es un campo de disputa entre proyectos de vida y proyectos de muerte.

Pensar desde la ecología implica preguntarnos: ¿quién cuida la tierra?, ¿quién la habita?, ¿quién la explota?, ¿quién la defiende? Por eso, en nuestras actividades educativas, no se trata solo de caminar por el bosque o aprender a hacer fuego, sino de cuestionar cómo llegó ese bosque a ser lo que es, qué historia de despojo o resistencia lo atraviesa, y qué rol jugamos al estar allí.

Ecología política: una mirada desde abajo

La justicia ecológica no puede desvincularse de la justicia social. No se trata simplemente de reciclar, reducir la huella de carbono o evitar el uso de plásticos. Estas prácticas son necesarias, pero insuficientes si no se acompañan de una reflexión estructural sobre el modelo de desarrollo que empobrece ecosistemas y comunidades.

En el Escultismo Crítico Popular promovemos una ecología política: una mirada desde abajo, desde los pueblos originarios, desde las comunidades campesinas, desde quienes sufren directamente las consecuencias del extractivismo, la minera, el despojo de tierras, la contaminación del agua o la deforestación.

Soberanía alimentaria y saberes territoriales

Parte de esta mirada crítica incluye también una apuesta por la soberanía alimentaria. Nuestros grupos escultistas no solo deben aprender a cocinar en fogón o sembrar una planta, sino a comprender la procedencia de los alimentos, las lógicas del agronegocio, la importancia de la agricultura campesina y los saberes tradicionales.

Rescatar las semillas nativas, aprender de los huertos comunitarios, escuchar a las abuelas y abuelos que conocen la luna, el suelo y las estaciones, es parte de una pedagogía de la ecología y el territorio. Porque defender el territorio también es defender la posibilidad de alimentarnos con dignidad, sin depender de un mercado global que precariza a quien produce y enferma a quien consume.

Cuidado como principio ético colectivo

El cuidado no es un valor sentimental, sino una práctica profundamente política. Cuidar el territorio es cuidar a quienes lo habitan, a quienes lo defienden, a quienes resisten las lógicas del despojo. En el escultismo crítico popular entendemos el cuidado como acción comunitaria: no se trata de salvar el planeta desde una superioridad moral, sino de implicarse en procesos de defensa de la vida junto a otros.

Esto exige reconocer los liderazgos ambientales de mujeres, de niñas y niños, de defensores del agua, del bosque, del maíz. Exige escuchar, acompañar y también incomodarse. Porque la ecología no es una actividad del fin de semana, sino una forma de estar en el mundo que exige compromiso cotidiano.

Desaprender para re-existir: una pedagogía desde el territorio

Educar en la naturaleza no es solo una metodología: es una posibilidad de reencuentro con nuestras memorias, nuestras historias y nuestros conflictos. Pero para ello, debemos desaprender la mirada turística o colonial que a veces hemos heredado. Debemos re-nombrar, re-habitar, re-significar.

El escultismo crítico popular no busca adaptar viejas formas a nuevos lenguajes, sino transformar las formas mismas. Nuestros campamentos, juegos, talleres o caminatas deben ser oportunidades para leer el mundo, para escucharlo, para cuestionarlo. Una pedagogía territorial exige construir una relación viva con el entorno, no como decorado, sino como sujeto pedagógico que también forma parte de nuestra ecología cotidiana.

Amar la naturaleza es también defenderla

Hoy, ante el colapso climático, el despojo de tierras, la violencia extractivista y la migración forzada, no basta con hablar de «cuidar la naturaleza». Necesitamos una educación que nombre las causas, que proponga alternativas, que construya redes de resistencia y de vida.

El escultismo crítico popular se posiciona como una práctica pedagógica situada, comprometida y comunitaria que entiende que el amor al campo no basta si no va acompañado de una praxis política que defienda la vida en todas sus formas. Amar la naturaleza es también defenderla. Y para defenderla, necesitamos cuestionar todo lo que nos aleja de ella: el consumo, el extractivismo, la indiferencia.

En esa tarea estamos. Con la mochila llena de preguntas, con los pies en el barro y con el corazón en comunidad. Porque al final, la naturaleza no es solo un paisaje: es vida que nos interpela, y la ecología, una forma de responderle con dignidad.